¡Feliz Navidad!

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Queridos amigos: ¡Feliz Navidad! Me gustaría enviarles mi felicitación una vez más a través de la narración de María.

 

María:

Así pues, Jesús nació en Belén, la aldea de la que procedía el rey David. Es un lugar concreto de Judea, a pocos kilómetros de Jerusalén, donde José y yo, María, a pesar de mi avanzado embarazo, habíamos ido para obedecer el decreto del emperador de Roma y ser empadronados, como exigía el censo ordenado por César Augusto. Allí teníamos que ir porque José era descendiente de la familia de David.

En Belén, sin embargo, no encontramos inmediatamente una posada que nos alojara; no había sitio, y éramos pobres. Nos indicaron un establo; al menos, si no había otra cosa, este lugar limpio nos serviría de refugio; yo estaba muy cansada y no teníamos ni el tiempo ni la posibilidad de buscar en otra parte.

Allí fue donde nació mi hijo.

Fue un regalo extraordinario, como lo es cada niño que viene al mundo. Solo las madres pueden entender mis sentimientos en ese momento; solo los padres pueden sentir el más profundo sentimiento de afecto y el sentido de la responsabilidad de esos momentos. Jesús, el recién nacido, estaba allí en mis brazos; lo abrazaba, lo calentaba con mi cuerpo, lo alimentaba con mi leche, mientras que José nos proporcionaba lo necesario y nos cuidaba.

Durante varios días, pastores y mujeres de la región vinieron a visitarnos, trayéndonos regalos y todo lo inmediatamente necesario para un recién nacido; apreciamos su amabilidad y nos mostraron esa amistad que nace en las situaciones difíciles. Para nosotros era como si se abrieran los cielos, e inmediatamente compartimos nuestra alegría. Entonces pensé: ¡el cielo se ha abierto realmente a nosotros y a la tierra! ¡Gloria a Dios!

Sé que ahora les viene a la mente una pregunta: ¿Quién es realmente este Jesús? Esta es la pregunta que también se han hecho muchos a lo largo de los siglos.

Yo sabía, José sabía, que este niño era nuestro, pero que también era un verdadero don de Dios. Solo Dios podía hacer lo que había hecho para su concepción. Jesús era realmente el Hijo de Dios, presente en la forma humana de un recién nacido que yo le había dado. Y en su apariencia era un niño más.

Dije que había nacido en Belén. Debo añadir que en Israel se decía que un día vendría un «Mesías», es decir, uno que liberaría al pueblo de toda forma de esclavitud. Roma era una potencia dominante. Se habían hecho varias profecías sobre el Mesías, como las conocidas de Isaías y Miqueas; pero también en los Salmos se cantaba su venida, y se decía que de Belén, «aunque era un pequeño lugar de Judea, quizá el más pequeño, vendría el que estaba destinado a una gran misión en Israel y en el mundo».

Todo el mundo conocía las profecías, pero nadie se esperaba que se cumplieran en ese momento. Así que cuando Jesús nació, vino al mundo como un niño normal y corriente, no se distinguía en nada de los demás, pero José y yo estábamos muy preocupados por él. Como madre, yo era feliz, y José era un padre sereno; ¡y estaba muy ocupado! Los dos sabíamos que el Altísimo nos había dado a nuestro hijo.

Les he hablado de mi papel como esposa y madre. Pero no puedo decirles más, porque solo Dios mismo, más aún, Jesús mismo en su vida, podría responder al misterio de su encarnación.

 

Sin embargo, José, aunque sea un hombre de pocas palabras, podrá añadir algo a nuestra historia... Lo escucharemos la próxima vez…

Fernando Cardenal Filoni

 

(diciembre de 2021)